Los caballeros de la armadura reluciente

Estaba dormida y al mirar mi teléfono vi un mensaje, él estaba en el hospital.

Lo llamé inmediatamente y al preguntarle cómo estaba me dijo: “aquí se está en la Gloria”

Esta frase es la que me ha motivado a escribir esta entrada y te la dedico a tí hombre .

Este hombre es un ser muy especial, con una gran sensibilidad y un enorme corazón. Cuando era pequeño el era el único en recibir el contacto de su padre, al ser un chico todos los golpes eran para él. Tenía hermanos, las chicas por ser chicas se libraban de los golpes, no del miedo, la culpa o la humillación, los hermanos mas pequeños también se libraron, quizás en exceso porque nadie los veía, creo que hacía tiempo que los padres habían tirado la toalla, o estaban muy cansados, o no podían sostener sus propias vidas…

Cuento todo esto porque siempre me he preguntado cómo  ha podido este hombre sobrevivir, y digo bien sobrevivir, en este mundo que no da muchas opciones a la vulnerabilidad, sobre todo si es expresada por un hombre.

Este hombre se fabricó una bella armadura, que además nunca estuvo oxidada, porque se preocupaba cada día de embellecerla y lustrarla concienzudamente.

Pero supongo que hasta las mejores y mas lustrosas armaduras tienen sus puntos vulnerables, o bien ni siquiera la mejor armadura puede acallar los latidos de un valeroso corazón de caballero..

El caso es que este hombre adoptó todos los roles que se pueden adoptar: padre ejemplar, marido amantísimo, hijo servicial, hermano disponible, proveedor del sustento de su familia (a veces o siempre a costa de su salud), hombre moderno que participa en el hogar,…Lo mismo hacía una paella, fregaba los platos (por supuesto mal fregados), arreglaba el coche o la bici, invertía su dinero, reformaba su casa, se tiraba horas al teléfono para ahorrar en el seguro…y por supuesto iba cada día puntual a su trabajo. Pero eso sí, este hombre no era abnegado como nosotras las mujeres porque se quejaba, se deprimía y la mayor parte de las veces se cabreaba, lo cual supongo que influyó en el deterioro de su armadura…

Al final este hombre no podía más, pero como hombre no se podía permitir descansar, quejarse, cambiar, en definitiva este hombre no podía parar su vida, la que tanto esfuerzo y tiempo le había costado construir. Qué le podía decir a su familia, a su mujer, a sus hijos, a sus jefes…:   “se me ha roto la armadura”.

Imposible.

Pero lo que la mente no puede hacer, donde ella no encuentra solución, el cuerpo que es sabio y que no entiende de razones de la razón, dijo “hasta aquí he llegado”. Y su cuerpo se rompió, solo un poquito, lo suficiente para llevarlo al hospital, para pararlo, para tener una buena razón para quitarse su armadura.

En el hospital lleno de medicamentos que anestesiaban su dolor, todos sus dolores, también los del alma, se dejó cuidar, se relajó, estaba en la gloria. Rodeado de las personas que amaba, permitiéndose ser cuidado y con la armadura guardada en el armario para cuando volviera a la vida normal.

Dedicado a todos los hombres que nunca han podido o sabido desprenderse de sus armaduras y a los que con mucho esfuerzo encontraron una forma de quitárselas…

 

 

 

 

 

 

 

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